fran18

Estimado, o no:

No sé si a ti también te fascinan esas ferreterías antiguas, de toda la vida, con el dependiente de bata gris, que cuando le pides unos tornillos se dirige hacia el fondo del establecimiento y abre una cajita entre cientos de cajitas. Es un mundo ordenado el de las ferreterías, alejado del caos de la realidad. Pues bien, no creo equivocarme si te digo que tienes alma de ferretero. Contemplas el mundo como si fuese una enorme ferretería llena de cajitas, pero no lo haces en aras de la eficiencia, sino en base a prejuicios. En tu afán por entender algo al ser humano, lo colocas en cajitas. Aquí los inmigrantes y aquí los españoles muy españoles y mucho españoles, aquí los hombres y aquí las mujeres, aquí los blancos y aquí los otros, aquí los catalanes y aquí los catalufos… Es un mecanismo psicológico producto de la mediocridad intelectual más manifiesta porque si algo debería provocarnos la máxima fascinación es la complejidad con la que nos obsequia la realidad. Ahora mismo, en cualquier lugar del mundo, hay un maravilloso caos de orígenes, orientaciones sexuales, creencias religiosas, ideologías, experiencias, habilidades, conocimientos, inquietudes, sueños, frustraciones, anhelos, naufragios, éxitos… Somos el producto de más de tres mil años de culturas entrelazadas, con capas de generaciones anteriores protegiéndonos del miedo al vacío, con visiones de la vida y de la muerte pocas veces coincidentes y con miles de elementos que nos hacen iguales en la diferencia y diferentes en la igualdad.

Ser racista, xenófobo o catalanófobo es una salida fácil cuando las neuronas entran en crisis. Gestionar el odio, sin embargo, es una tarea complicada. El odio es un mal huésped que intenta conquistar espacios. Es un cáncer que de manera discreta se instala en los sentimientos, en las emociones y en el raciocinio. El odio nos anula como seres humanos. El odio es el mayor de los monstruos. Decía Baudelaire que el odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida. Y en estos tiempos tan dados a exaltaciones patrióticas ridículas, además, los borrachos de odio exigen que les paguemos el alcohol.

Según tu desarrollada visión de la realidad catalana, yo soy un catalufo. Supongo que pensarás que no soy inteligente, que soy un deshecho, que no aporto nada a la sociedad. Estoy en esa cajita de catalufos. No estoy en la cajita de los que ponen una bandera española en su perfil de Twitter o de los que se emocionan cuando ven al rey comiendo sopa. Pues, ¿qué quieres que te diga? Estoy muy orgulloso de ser catalufo. Estoy muy orgulloso de soñar otra sociedad, alejada del pensamiento monolítico, castrador y autoritario de un país fracasado. Pienso seguir siendo catalufo todo el tiempo que sea necesario porque cada segundo siendo catalufo es un triunfo sobre los catalanófobos. Eso sí, lo más maravilloso de tu manera de dialogar con el mundo es que un día, que espero que sea pronto, no sabrás en qué cajita colocarte y tu microcosmos de arrogancia, prejuicios y estereotipos te convertirá en el borracho del fondo de la taberna, cuando el bar cierra y la noche se hace eterna.